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Un paso ya es moverse: por qué cambiamos desde la primera consulta psicológica

  • Foto del escritor: Alberto Asero
    Alberto Asero
  • 15 jun
  • 3 min de lectura
Primera consulta. Psicólogo Alberto Asero. Guadalajara, Puerto Vallarta, en línea.

Hay personas que viven la primera consulta con el psicólogo como una suerte de rendición. Esto sucede porque pedir ayuda en cuestiones que atañen a la esfera emocional y relacional puede llegar a percibirse como el reconocimiento implícito de no estar siendo capaces de manejar la propia vida. Lo que puede volver especialmente intensa esta experiencia —y especialmente delicada la primera consulta— es que detrás de esa cita suele haber meses, cuando no años, de esfuerzos ciclópeos por comprender qué ocurre y recuperar el control. Esfuerzos que, por más que duela admitirlo, no han dado el resultado esperado.


La razón de ese aparente fracaso suele aflorar durante las primeras sesiones —y este aflorar es realmente liberador. Sucede que, en el encuentro con el terapeuta, la persona comienza a descubrir que aquello que había identificado como el problema —ansiedad, depresión, traumas, dependencia emocional, dificultades en las relaciones...— y que tanto se había esforzado por resolver no es más que la manifestación superficial de dinámicas interiores profundas que exceden el alcance de su propia mirada.


Si hay algo que el ojo no logra ver es a sí mismo, a menos de que no se refleje en un espejo. Por más que nos atraiga creernos transparentes a nuestra propia mirada, comprenderse a uno mismo —y más en momentos de crisis— es mucho más difícil de lo que solemos imaginar. Esto sucede porque lo que vemos cuando nos observamos no es la realidad en estado puro, sino una secuencia de acontecimientos heterogéneos ordenados en una narración homogénea construida y sostenida a lo largo de los años: un relato autobiográfico que hemos ido reforzando hasta volverlo tan detallado, coherente y familiar que rara vez se nos ocurre cuestionarlo.


Este relato, si por un lado otorga estructura, continuidad y sentido a nuestra experiencia, por el otro puede mantenernos anclados a un mapa de nosotros mismos que oculta más de lo que revela y que, por ello, nos encamina más hacia la repetición de lo conocido que hacia la exploración de formas nuevas de vivirnos. Dicho de otra manera, muchas de nuestras dificultades persisten porque seguimos observándolas desde la misma perspectiva, relacionándolas con las mismas causas y describiéndolas con las mismas palabras. Es fácil identificar la ansiedad como el problema; mucho más difícil es reconocer en ella la lucha por emerger de aspectos del ser que llevan tiempo siendo ignorados. Es fácil identificar los conflictos como el problema que aqueja a una pareja; mucho más difícil es descubrir en ellos el eco de antiguos abandonos.


Decía que las primeras sesiones son a menudo liberadoras. Y sí, son liberadoras porque es justamente ahí, en ese umbral donde el monólogo desborda en diálogo, donde empezamos a comprender que si no hemos logrado salir solos del hoyo, no ha sido por incapacidad, sino porque desde la posición psíquica en la que nos encontrábamos no podíamos ver más allá de síntomas tan estorbosos como aparentemente carentes de sentido. Son liberadoras porque el simple hecho de confrontarse con perspectivas distintas sobre la propia experiencia constituye una vivencia revolucionaria. Vislumbrar que la vida es un juego cuyas reglas son mucho menos fijas de lo que creíamos y que siempre hay cierto margen para reordenar las fichas y revelar figuras que antes permanecían ocultas es el verdadero punto de partida hacia cambios profundos, duraderos y elegidos que conducen a vivir quizás la misma vida, pero de otra manera.

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