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Un paso ya es moverse: por qué cambiamos desde la primera consulta psicológica

Foto del escritor: Alberto Asero
Alberto Asero
15 jun
4 min de lectura

Actualizado: 11 oct

Primera consulta psicológica. Psicólogo en Guadalajara, Puerto Vallarta, en línea

En mi experiencia, muchas personas vivan la primera consulta psicológica como una suerte de rendición por dos razones. La primera deriva de un prejuicio: recurrir a la ayuda de un profesional en cuestiones que atañen a la esfera emocional y relacional equivale a reconocer que uno no es capaz de manejar su propia vida. La segunda es que esa primera cita suele llegar después de meses, cuando no años, de esfuerzos ciclópeos por resolver nudos existenciales que han resistido todos los intentos. Este post trata sobre esta segunda razón.


Cuando lo que duele es el alma, solemos estar convencidos de que conocemos nuestro problema: lo que nos falta es la solución. En cierto sentido, acertamos: sabemos cuándo aparece la ansiedad, qué situaciones desencadenan nuestros conflictos, qué experiencias han marcado nuestra forma de ser. Pero saber nombrar lo que nos sucede no equivale a comprender por qué nos sucede. Y henos ahí, encontrándonos una y otra vez en el mismo lugar, buscando una salida que parece escondérsenos. Lo que ignoramos es que aquello que hemos identificado como nuestro problema puede ser apenas la manifestación superficial de dinámicas interiores profundas que escapan al alcance de nuestra propia mirada: quizás no sea que la salida se nos esconda, sino que el mapa con el que intentamos encontrarla sea impreciso.


El ojo no puede verse a sí mismo, a menos que se refleje en un espejo. Por más que nos atraiga creernos transparentes a nuestra propia mirada, lo que vemos de nosotros mismos no es la realidad en estado puro, sino una secuencia de acontecimientos heterogéneos ordenados en una narración homogénea construida y sostenida a lo largo de los años: un relato autobiográfico que hemos ido reforzando hasta volverlo tan detallado, coherente y familiar que rara vez se nos ocurre pensar que quizás no sea más que una de las maneras posibles de contarnos quiénes somos.


Este relato, si por un lado otorga estructura, continuidad y sentido a nuestra experiencia, por el otro puede mantenernos anclados a un mapa de nosotros mismos que oculta más de lo que revela y que, por ello, nos encamina más hacia la repetición de lo conocido que hacia la exploración de formas más maduras de vivirnos. Dicho de otra manera, muchas de nuestras dificultades persisten porque seguimos observándolas desde la misma perspectiva, relacionándolas con las mismas causas y describiéndolas con las mismas palabras.


Podemos, por ejemplo, pasar años atribuyendo nuestros conflictos de pareja a la dificultad de encontrar a la persona adecuada, sin advertir que algo de nuestra propia manera de vincularnos contribuye a reproducir, con personas diferentes, una misma experiencia de abandono. O podemos identificar la ansiedad como el problema que nos impide vivir serenamente, sin sospechar que quizás sea también la expresión de una lucha interior entre aspectos de nosotros mismos que buscan emerger y otros que hemos aprendido a silenciar. El punto no es asumir que las explicaciones que nos damos sobre lo que nos sucede sean necesariamente falsas, sino admitir seriamente la posibilidad de que sean insuficientes y de que, mientras permanezcamos dentro de su perímetro, incluso nuestros esfuerzos más tenaces por cambiar puedan terminar reproduciendo justo aquello de lo que intentamos liberarnos.


El psicoterapeuta conoce nuestra historia infinitamente menos que nosotros mismos. No posee las respuestas que buscamos ni recetas mágicas para liberarnos de golpe de lo que nos oprime. Pero entra en relación con nosotros y con nuestra historia desde una perspectiva capaz de desafiar nuestras certezas con preguntas que hasta entonces, en la autorreferencialidad de nuestro discurso interior, ni siquiera habían sido formuladas. Lo que parecía evidente comienza así a revelar sus puntos ciegos; lo que considerábamos un rasgo natural de nuestra personalidad puede adquirir una historia y un sentido diferentes; lo que vivíamos como un obstáculo incomprensiblemente molesto puede empezar a revelarnos un aspecto inexpresado de nuestra individualidad.


Por eso, las primeras sesiones de psicoterapia pueden resultar liberadoras: es justamente ahí, en ese umbral donde el monólogo desborda en diálogo, donde empezamos a comprender que si no hemos logrado salir solos del hoyo, no ha sido por incapacidad, sino porque desde la posición psíquica en la que nos encontrábamos no podíamos ver más allá de síntomas tan estorbosos como aparentemente carentes de sentido. Y ese descubrimiento suele modificar radicalmente nuestra relación con lo que nos atormenta. La búsqueda de una solución, tantas veces reiterada como frustrada, deja de ser el único horizonte: comenzamos a preguntarnos por qué hemos llegado a vivir lo que nos ocurre de esa manera y qué otras posibilidades permanecen todavía fuera de nuestra mirada. Si bien no ofrece soluciones universales, la psicoterapia transforma las condiciones interiores desde las que nuestras propias respuestas pueden surgir.


Vislumbrar que la vida es un juego cuyas reglas son mucho menos fijas de lo que creíamos y que siempre hay cierto margen para reordenar las fichas y revelar figuras que antes permanecían ocultas es el verdadero punto de partida hacia cambios profundos, elegidos, que nos permitan vivir quizás la misma vida, pero de otra manera.




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