Un paso ya es moverse: por qué cambiamos desde la primera consulta psicológica
- Alberto Asero

- 15 jun
- 2 min de lectura
Actualizado: 27 jun

¿A qué se debe que tantas personas vivan la primera consulta con el psicólogo como una suerte de rendición? En mi experiencia, esto suele ocurrir por dos razones. La primera nace de una creencia errónea: recurrir a la ayuda de un profesional en cuestiones que atañen a la esfera emocional y relacional se vive como reconocer que uno no es capaz de manejar su propia vida, cuando ocurre precisamente lo contrario. La segunda es que esa primera cita suele llegar después de meses —cuando no años— de esfuerzos ciclópeos por comprenderse y resolver nudos existenciales que han resistido todos los intentos. Este post trata sobre esta segunda razón.
Durante las primeras sesiones, la persona comienza a descubrir que aquello que había identificado como el problema —ansiedad, depresión, traumas, dependencia emocional, dificultades en las relaciones...— no es en realidad más que la manifestación superficial de dinámicas interiores profundas que exceden el alcance de su propia mirada. Este descubrimiento es liberador.
Si hay algo que el ojo no logra ver es a sí mismo, a menos de que no se refleje en un espejo. Por más que nos atraiga creernos transparentes a nuestra propia mirada, lo que vemos de nosotros mismos cuando nos observamos no es la realidad en estado puro, sino una secuencia de acontecimientos heterogéneos ordenados en una narración homogénea construida y sostenida a lo largo de los años: un relato autobiográfico que hemos ido reforzando hasta volverlo tan detallado, coherente y familiar que rara vez se nos ocurre cuestionarlo.
Este relato, si por un lado otorga estructura, continuidad y sentido a nuestra experiencia, por el otro puede mantenernos anclados a un mapa de nosotros mismos que oculta más de lo que revela y que, por ello, nos encamina más hacia la repetición de lo conocido que hacia la exploración de formas nuevas de vivirnos. Dicho de otra manera, muchas de nuestras dificultades persisten porque seguimos observándolas desde la misma perspectiva, relacionándolas con las mismas causas y describiéndolas con las mismas palabras. Es fácil identificar la ansiedad como el problema; mucho más difícil es reconocer en ella la lucha por emerger de aspectos del ser que llevan tiempo siendo ignorados. Es fácil identificar los conflictos como el problema que aqueja a una pareja; mucho más difícil es descubrir en ellos el eco de antiguos abandonos.
Decía que las primeras sesiones son a menudo liberadoras. Y sí, son liberadoras porque es justamente ahí, en ese umbral donde el monólogo desborda en diálogo, donde empezamos a comprender que si no hemos logrado salir solos del hoyo, no ha sido por incapacidad, sino porque desde la posición psíquica en la que nos encontrábamos no podíamos ver más allá de síntomas tan estorbosos como aparentemente carentes de sentido. Son liberadoras porque el simple hecho de confrontarse con perspectivas distintas sobre la propia experiencia constituye una vivencia revolucionaria. Vislumbrar que la vida es un juego cuyas reglas son mucho menos fijas de lo que creíamos y que siempre hay cierto margen para reordenar las fichas y revelar figuras que antes permanecían ocultas es el verdadero punto de partida hacia cambios profundos, duraderos y elegidos que conducen a vivir quizás la misma vida, pero de otra manera.

