Mi recorrido
Lo que sigue no es un currículum, sino el relato de cómo he llegado hasta aquí y de por qué ese cómo importa.
Primeros pasos
Me acerqué a la psicología mucho antes de que decidiera dedicarme profesionalmente a ella.
Tenía alrededor de catorce años cuando me encontré, casi por azar, con un libro de Sigmund Freud. Más allá del psicoanálisis en sí, aquel descubrimiento me puso en contacto con una idea que sigue nutriendo mi trabajo: que las personas somos mucho más de lo que sabemos o creemos saber sobre nosotros mismos, y que nuestra manera de sentir, actuar y relacionarnos está profundamente influida por aquello que permanece fuera de la conciencia.
Por aquellos mismos años, y también de forma casual, escuché por primera vez un concierto de J. S. Bach. La experiencia fue igualmente decisiva. Si Freud me enseñó a mirar, Bach me enseñó a escuchar: a percibir, a través de la música, dimensiones de la experiencia humana que difícilmente encuentran expresión en el lenguaje y que, precisamente por ello, suelen pasar inadvertidas.
Solo muchos años después comprendí que aquellos dos encuentros apuntaban hacia una misma dirección. Ambos despertaron en mí la inquietud por lo que no se muestra de inmediato y, sobre todo, por las formas en que la vida interior —invisible a los ojos— se expresa silenciosamente en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo.
Una trayectoria no lineal
Ni mi formación ni mi recorrido profesional fueron lineales.
Estudié filosofía y música. Trabajé como periodista científico, editor literario, violinista y maestro de música. Más tarde llegaron la psicología, la neuropsicología, la musicoterapia —disciplina en la que pude hacer dialogar por primera vez la psicología y la música—, la asesoría filosófica y la docencia universitaria.
Aunque estas experiencias parecen muy distintas entre sí, todas me llevaron a enfrentarme una y otra vez con la complejidad de la experiencia humana. Aprendí a escuchar atendiendo más a los matices que al discurso explícito, a formular preguntas antes que apresurar respuestas y a convivir con la incertidumbre sin necesidad de simplificarla.
Con el tiempo aprendí también algo que sigue siendo la piedra angular de mi abordaje terapéutico: que el camino de una persona no es ni bueno ni malo, sino inevitablemente incierto y marcado por avances, retrocesos y desvíos, y que no existen atajos ni mapas preestablecidos para recorrerlo.
De ahí que mi tarea no consista en corregir una vida desde fuera, sino en acompañar a la persona para que pueda reconocer y movilizar sus propios recursos en la dirección que resulte más coherente con quien es y con la vida que le pertenece.
Hoy
Hoy acompaño. Y lo hago desde una perspectiva orientada a la comprensión profunda del malestar. En la práctica, esto significa no solo buscar aliviarlo, sino prestar atención a lo que revela de la persona y de su camino.
Por eso concibo la terapia como un espacio de exploración y transformación: un lugar donde aquello que inicialmente aparece solo como dificultad puede convertirse en una oportunidad para comprenderse más profundamente y abrir nuevas posibilidades de relación consigo mismo y con el mundo.
Para quien quiera conocer el respaldo formal
Cédula profesional

Secretaría de Educación Pública
México





