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Perder presencia es perderse de vista

  • Foto del escritor: Alberto Asero
    Alberto Asero
  • 4 jun
  • 2 min de lectura
Recuerdo y transformación

Existe en nuestra época una convicción algo simplista según la cual conocer —el mundo, pero también a uno mismo— significa esencialmente recopilar, acumular y entrelazar datos, de ser posible sin contaminar la transparente objetividad de las cosas. Detrás de esta convicción respira una visión del ser humano como un recipiente nacido vacío, completamente dependiente de la información que recibe del mundo exterior.


Pero luego están experiencias —de hecho, las más significativas en la vida de una persona— que parecen empeñarse en desmontar esa convicción. Un amor, un duelo, un sueño, un horizonte, una obra de arte: encuentros que dejan en nosotros huellas a menudo imborrables, a veces definitivas, sin dejarse comprender jamás como algo que proceda por completo de fuera, sino siguiendo obstinadamente el movimiento contrario: el despertar de algo que ya estaba ahí, presente pero inadvertido, en el fondo opaco de la conciencia. Frente a tales experiencias, aquella convicción fría vacila, y el individuo se encuentra a revivir, a su escala, esa misma irrupción inesperada de una suerte de saber no sabido —originario, prepersonal, subconsciente— que, a lo largo de los milenios y a través de culturas distintas y distantes, las diversas gramáticas con las que la humanidad ha tratado de narrarse a sí misma han forjado en imágenes sorprendentemente semejantes.


De tantas representaciones, recorramos tan solo una. La psicología platónica, quizá la más refinada de toda la Antigüedad occidental, describe la vida de psyché como un camino de reminiscencia. Más que algo que se adquiere mediante la asimilación y la acumulación, el conocimiento —profundo, no técnico— puede ciertamente surgir del contacto con los objetos del mundo, pero solo en la medida en que estos, con la complicidad de una cierta disposición de la conciencia, pueden hacer aflorar imágenes primordiales que se presentan como una forma particular de recuerdo. Platón explica esto recurriendo a una imagen que, aunque difícilmente pueda habitar nuestra Weltanschauung, resulta sorprendentemente cercana a una de las formulaciones más desconcertantes de la psicología moderna: la teoría junguiana del inconsciente colectivo y de las formas arquetípicas que lo habitan. Antes de encarnarse, dice Platón, el alma contempló el ser en sus formas abstractas y absolutas (las Ideas, como él las llama); de esas formas conserva una huella indeleble, aunque no un recuerdo consciente. Desde esta perspectiva, el aprendizaje que acompaña a la experiencia humana y que necesariamente pasa por la percepción no se configura más que de manera aparente (y superficial) como la formación de un saber nuevo, siendo más bien una revelación. Así, literalmente, evolucionar en el conocimiento de uno mismo y del mundo consiste en recuperar aquello que sabemos pero que no sabemos que sabemos.


La distancia que separa esa convicción contemporánea de esta antigua intuición es sideral, y es también la misma que atraviesa, bajo distintos semblantes, las psicologías contemporáneas. Una cosa es buscar saber (más) para resolver (mejor) este o aquel problema, para avanzar (más eficazmente) hacia este o aquel objetivo; otra es cultivar una presencia que es en sí misma apertura, escucha, disposición a descubrir y descubrirse, y que, en un sutil juego de equilibrios entre psique y mundo, nos transforme acercándonos a lo que, de alguna manera, ya éramos.

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