¿Por qué no puedo soltar? Del duelo al legado

Actualizado: hace 6 días

Hay duelos que se niegan a "dejar ir" y que no tienen por qué hacerlo. Quien haya atravesado ciertos duelos, o los haya acompañado de cerca, podrá recordar la extraordinaria resistencia que despierta la idea misma de "cerrar el ciclo" para "seguir adelante".
Describir a una persona en este estado como atrapada en la pérdida, hundida en el apego y en la dependencia, prisionera de un pasado irrecuperable que le impide vivir el presente, y demás fórmulas por el estilo, es reductivo y no ofrece ninguna perspectiva de ayuda apreciable. Incluso, estas lecturas pueden comprometer la posibilidad misma de comprender la vivencia de quien sufre y, consecuentemente, de ofrecer un acompañamiento respetuoso y fértil.
Al contrario, si escuchamos con atención y procurando que nuestros prejuicios (incluyendo categorías clínicas y estadísticas) no se sobrepongan a la singularidad de la experiencia, encontraremos que, especialmente en los duelos en los que se ha perdido a una figura central en la propia biografía, el dolor excede la pérdida física y el duelo pareciera desdoblarse.
Para clarificar este aspecto, hay que remontarse a la naturaleza del encuentro entre quien ya se ha ido y quien se ha quedado. En el trasfondo de estos duelos late el reflejo póstumo de encuentros cuyo impacto existencial fue comparable a una revelación y cuya capacidad transformadora marcó, en la biografía de la persona, un antes y un después de manera tan profunda que no nos equivocaríamos si habláramos de conversión. Revelación y conversión se manifiestan, por ejemplo, en la transformación de la manera de habitar el mundo que el encuentro hizo posible: ahí donde, antes, vivir significaba reafirmar, día tras día y a menudo sin darse realmente cuenta, un vivir opaco, después empezó a tomar forma un mundo en el que el ideal se volvió de repente perseguible. Encontrarse significó renacer
El relato con el que quien se queda suele retener a quien se ha ido deja entrever algo que la persona siente pero no ve (algo que, con demasiada frecuencia, tampoco ve quien acompaña). De manera confusa, detrás del dolor visible por la pérdida, chocan entre sí, además de tantos otros sentimientos y pensamientos, la angustiante sensación de que desprenderse del otro significaría resolver un duelo para precipitarse en otro y la intuición borrosa de que la pérdida es, al mismo tiempo y en cierto sentido, radical y relativa, y que un reencuentro es posible, el sendero que permitiría realizarlo aún permanece fuera de la vista.
Decíamos que el duelo parece desdoblarse. De hecho, la pérdida del otro esconde un agujero negro que amenaza con tragarse también aquello que su presencia ha dado a luz en la vida de quien se queda y que, para cuando sobreviene la pérdida, ya ha cristalizado en una identidad. Así que, perdido el otro, amenaza ahora la posibilidad de perderse a uno mismo. He ahí por qué lo que para un observador externo constituye una resistencia a aceptar la pérdida significa, para la persona en duelo, una defensa de sí.
Reconocer y sostener este entramado vertiginoso de pérdidas constituye uno de los mayores desafíos para quien se encuentre acompañando duelos tan delicados. Dificultad de reconocer, porque afirmaciones como "siento que todavía está aquí" pueden interpretarse apresuradamente como una supuesta negación de la pérdida, lo que terminaría ocultando, en vez de manifestar, el proceso profundo de reorganización existencial. Dificultad de sostener, porque preguntas como ¿quién es esa presencia que la persona advierte? o ¿se refiere literalmente al ausente o a algo que la figura psíquica del otro significa?, representan un enigma tanto para el acompañante (incluso si es un terapeuta) como para la persona misma.
Esta dificultad se relaciona, a su vez, con uno de los desafíos más exigentes del acompañamiento en duelo, que consiste en que el acompañante tiene que (saber) distinguir y atender dos procesos distintos pero íntimamente relacionados e interdependientes: por un lado, la elaboración de la pérdida material y de su irreversibilidad, cuyo horizonte es su asimilación; por otro, la reorganización profunda de la biografía de la persona a partir de la clarificación de qué, de sí, ha desaparecido junto con el otro y de qué no solo permanece, sino que reclama seguir viviendo, en un acto ético de lealtad que reúne simbólicamente a quien se ha ido con quien se ha quedado.
Es a contraluz de este segundo proceso donde pareciera abrirse el sendero que la persona en duelo intuye sin conseguir verlo. Y ese sendero, en efecto, no consiste simplemente en seguir adelante "sin quien se ha ido", sino en descubrir cómo seguir siendo quien ha llegado a ser, sosteniendo ahora por sí misma y bajo condiciones radicalmente distintas una identidad que había nacido y tomado forma en el encuentro con el otro.
Para quien acompaña, esto significa favorecer las condiciones para que tanto la pérdida como el fruto del encuentro puedan integrarse en la continuidad de una existencia que no deja de ser dinamismo. Es precisamente en esta integración donde puede realizarse ese reencuentro que la persona, decíamos más arriba, intuye posible sin saber todavía cómo: claramente no recuperar al ausente, sino hacerlo presente como figura interior viva. Mientras ese sendero permanezca oculto, el duelo difícilmente podrá encontrar una resolución que no implique una renuncia a sí, y menos aún constituirse en un momento del propio proceso evolutivo.
Y llegamos así a vislumbrar la que creo que es la cumbre del duelo: hacerse habitar. No como se deja habitar una tumba, sino en el sentido de acoger al otro en carne propia, decantando el encuentro en legado.

¿Estás atravesando un duelo? Si algo de lo que acabas de leer te resuena, quizá sea momento de dedicarte un espacio para afrontarlo desde otra perspectiva.
Soy Alberto Asero, psicólogo italiano con formación internacional. Atiendo en Guadalajara, Puerto Vallarta y en línea.

