top of page

La sospecha que nos ciega: relaciones, límites y autoconocimiento

  • Foto del escritor: Alberto Asero
    Alberto Asero
  • 5 abr
  • 3 min de lectura

Actualizado: 3 jun

La sospecha que nos ciega: relaciones, límites y autoconocimiento

Se nos dice con insistencia que en la incapacidad de marcar y sostener límites personales claros y firmes radica una parte importante de nuestras desaventuras en las relaciones. Pero ¿de dónde viene nuestro obsesivo aferrarse al límite? De dos miedos que se refuerzan mutuamente.


Por un lado, las experiencias negativas que normalmente acompañan la vida tienden a coagular en una visión automática del otro como potencial enemigo; este coagular se traduce en un progresivo levantar barreras, proceso que encuentra justificación aparente y que es fomentado por ciertas narrativas populares basadas en la descontextualización, la banalización e incluso la distorsión de temas propios del ámbito clínico — pensemos en la infinidad de contenidos en redes sociales sobre el narcisismo, las relaciones tóxicas, los manipuladores seriales, etc. El segundo miedo es más sutil: asumir el papel de víctima, desplazar hacia fuera la figura incómoda del verdugo, es cuidar la imagen infantil del “yo bueno”. Narcisista siempre es el otro y si me encuentro atrapado en una relación tóxica es porque el otro, en el mejor de los casos, no ha evolucionado lo suficiente para vibrar a mi frecuencia, en el peor, es un manipulador que no he sabido reconocer a tiempo. En este caso, el miedo no es hacia el otro, sino hacia uno mismo como complejidad que no se deja simplificar en un fórmula nítida y sin contradicciones. La suma de estos dos miedos da como resultado un individuo que, confundiendo límites con barreras, se va encerrando cada vez más en sí mismo.


Que el límite sea la otra cara de la relación es tan verdadero como obvio. ¿Qué es relacionarnos sino rozar el límite ajeno desde nuestro propio límite? ¿Cómo puedo pensar al individuo sin pasar por el concepto de límite? El problema es que explicar — y, más grave aún, proponerse corregir las dinámicas relacionales que percibimos como disfuncionales fortaleciendo los límites — implica un costo psicológico inmenso. Por un lado, este abordaje alimenta subrepticiamente una cultura profiláctica y, a todas luces, paranoide: una cultura que expande la necesidad sana de definir y cuidar límites concretos y específicos en una relación concreta y particular, induciéndonos a escarbar trincheras invisibles contra enemigos imaginarios (pensemos en el terror delirante al narcisista, parecido en todo al terror a las brujas de antaño). Por otro lado, centrarnos en los límites nos distrae de un punto psicológicamente crucial, hasta ocultar la razón de ser — y la riqueza misma — de todo encuentro: relacionarse es esencialmente auto-conocerse.


Si bien no hay intimidad capaz de disipar la misteriosa opacidad que el otro es para mí y que yo soy para el otro, en la relación emergen aspectos de mí que de otro modo permanecerían sumergidos, reflejos de momentos de mi propia personalidad que encuentran en el otro una ocasión no solo de expresión sino de reconocimiento, aceptación, elaboración e integración. En este sentido, más que enredarnos en sospechas infantiles y estériles resentimientos, mejor haríamos en no perder de vista nunca que — incluso cuando su presencia parece lastimarnos — el otro es siempre nuestro espejo y no hay relación que, si observada con curiosa humildad, no muestre su legado mayéutico. Toda relación es una oportunidad de expansión.


El miedo al otro es en realidad la máscara del miedo a lo que no queremos ver de nosotros mismos. La cultura de la sospecha, antes que del otro, nos aleja de nuestro propio ser.




¿Te ayudó este contenido? A través de artículos como éste, tratamos de brindarte una información clara y confiable sobre temáticas de psicología. Solo recuerda que la finalidad de la información que te hemos brindado es orientativa y no puede sustituir la valoración y el apoyo de un psicólogo o psiquiatra.

bottom of page