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La sospecha que nos ciega: relaciones, límites y autoconocimiento

  • Foto del escritor: Alberto Asero
    Alberto Asero
  • 5 abr
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 5 abr

La sospecha que nos ciega: relaciones, límites y autoconocimiento

Se nos dice con insistencia que en la incapacidad de marcar claramente y sostener con firmeza límites personales radica una parte importante de nuestras desaventuras en las relaciones.


Que el tema de los límites sea central en toda relación es tan verdadero como obvio: por definición, relacionarse es rozar el límite (nuestro y ajeno), y el concepto de individuo es inescindible del de límite. El problema es que explicar — y, más grave aún, proponerse corregir las dinámicas relacionales que percibimos como disfuncionales fortaleciendo los límites — implica un costo psicológico inmenso. Por un lado, este abordaje alimenta subrepticiamente una cultura profiláctica y, a todas luces, paranoide: una cultura que expande la necesidad sana de definir y cuidar límites concretos y específicos en una relación concreta y particular, induciéndonos a escarbar trincheras invisibles contra enemigos imaginarios (pensemos en el terror delirante al narcisista, parecido en todo al terror a las brujas de antaño). Por otro lado, centrarnos en los límites nos distrae de la cuestión verdaderamente profunda y psicológicamente crucial, hasta ocultar la razón de ser — y la riqueza misma — de todo encuentro: relacionarse es esencialmente auto-conocerse.


Si bien no hay intimidad capaz de disipar la misteriosa opacidad que el otro es para mí y que yo soy para el otro, en la relación emergen aspectos de mí que de otro modo permanecerían sumergidos, reflejos de momentos de mi propia personalidad que encuentran en el otro una ocasión no solo de expresión sino de reconocimiento, aceptación, elaboración e integración. En este sentido, más que enredarnos en sospechas infantiles y estériles resentimientos, mejor haríamos en no perder de vista nunca que — incluso cuando su presencia parece lastimarnos — el otro es siempre nuestro espejo y no hay relación que, si observada con curiosa humildad, no muestre su legado mayéutico.


El miedo al otro es en realidad la máscara del miedo a lo que no queremos ver de nosotros mismos. La cultura de la sospecha, antes que del otro, nos aleja de nuestro propio ser.




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